lunes 3 de enero de 2011

CANSA



CESARE PAVESE
1908 - 1950

Puede ser que, por ese proceso que nos lleva desde el jardín de infantes hasta, quizá, la jubilación, estemos acostumbrados a pensar que hay que vencer la soledad. Pero entonces debe ser un problema de educación, esa lucha que nos lleva a rodearnos de colegas, camaradas, amores, familia, amigos, cuates, compañeros y contactos. Y además es una lucha injusta. Pocos lo entendieron como Pavese, que en un acto final de desagravio terminó con esa circunstancia.
La soledad cansa, nos hace pensar en la necesidad de la gente, la gente cansa nos hace pensar en la necesidad de estar solos.


TRABAJAR CANSA

Los dos, tendidos sobre la hierba, vestidos, se miran a la cara

entre los tallos delgados: la mujer le muerde los cabellos

y después muerde la hierba. Entre la hierba, sonríe turbada.

Coge el hombre su mano delgada y la muerde

y se apoya en su cuerpo. Ella le echa, haciéndole dar tumbos.

La mitad de aquel prado queda, así, enmarañada.

La muchacha, sentada, se acicala el peinado

y no mira al compañero, tendido, con los ojos abiertos.


Los dos, ante una mesita, se miran a la cara

por la tarde y los transeúntes no cesan de pasar.

De vez en cuando, les distrae un color más alegre.

De vez en cuando, él piensa en el inútil día

de descanso, dilapidado en acosar a esa mujer

que es feliz al estar a su vera y mirarle a los ojos.

Si con su piel le toca la pierna, bien sabe

que mutuamente se envían miradas de sorpresa

y una sonrisa, y que la mujer es feliz. Otras mujeres que pasan

no le miran el rostro, pero esta noche por lo menos

se desnudarán con un hombre. O es que acaso las mujeres

sólo aman a quien malgasta su tiempo por nada.


Se han perseguido todo el día y la mujer tiene aún la mejillas

enrojecidas por el sol. En su corazón le guarda gratitud.

Ella recuerda un besazo rabioso intercambiado en un bosque,

interrumpido por un rumor de pasos, y que todavía le quema.

Estrecha consigo el verde ramillete -recogido de la roca

de un a cueva- de hermoso adianto y envuelve al compañero

con una mirada embelesada. Él mira fijamente la maraña

de tallos negruzcos entre el verde tembloroso

y vuelve a asaltarle el deseo de otra maraña

-presentida en el regazo del vestido claro-

y la mujer no lo advierte. Ni siquiera la violencia

le sirve, porque la muchacha, que le ama, contiene

cada asalto con un beso y le coge las manos.


Pero esta noche, una vez la haya dejado, sabe dónde irá:

volverá a casa, atolondrado y derrengado,

pero saboreará por lo menos en el cuerpo saciado

la dulzura del sueño sobre el lecho desierto.

Solamente -y esta será su venganza- se imaginará

que aquel cuerpo de mujer que hará suyo

será, lujurioso y sin pudor alguno, el de ella.


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